20170411141458-ricardo-1-.jpg

Por Ricardo R. González

Ilustración: Martirena

Una mirada a los contornos del Parque Vidal tras el paso atronador del fin de semana, advierte que el marco de atentados a la propiedad social va más allá de la agresión a los bancos rojos reservados para el descanso o la pérdida inusitada del césped ante la avalancha de internautas.

Me sitúo en las instituciones aledañas a lo que constituye el corazón de la urbe, esas que no escoden las huellas de quienes las han convertido en verdaderos baños públicos y dejan la mezcla de orine y material fecal con sus deplorables olores en los recovecos de las altas columnas.

Baste señalar el preuniversitario Osvaldo Herrera, la Biblioteca Provincial Martí, el pasillo de lo que fuera el Salón de Exposiciones, fundamentalmente en su esquina hacia Buen Viaje, y el del Centro de la Moda y las Costumbres, por incluir algunas.

Si lo duda tiré un vistazo al amanecer del lunes y encontrará las más diversas modalidades en medio de esos charcos amarillentos que deben limpiar los propios trabajadores de los centros afectados, sin que los días entre semana queden libres de pecado.

No pocas veces me pregunto si en un siglo de tantos adelantos tecnológicos, en el que un científico aporta el mejor de los hallazgos en bien de la humanidad, y en una era que admite la comunicación con cualquier parte del mundo mediante la internet ocurran embestidas públicas contra el ornato solo comparables con lo sucedido en las regiones más pobres del Planeta.

A veces me aterra que aquellas cosas inadmisibles se incorporen a los códigos de la vida moderna a tal punto que sean vistos como algo «normal». Es qué acaso la mente humana sufre una involución tan cruda o nos contagiamos con esas manifestaciones que por ser tan reiteradas ya las incorporamos sin ápice de asombro a la rutina del día a día.

Si algo tiene Cuba es que constituye un país con leyes, decretos, circulares y artículos para casi todo. Ahora bien, la teoría es muy bonita, pero ¿quién se encarga de hacerla cumplir? ¿dónde están los actores responsabilizados con ejecutar lo que queda claro en los mandamientos?

Reviso las vigencias y aparece, entre otros, el Decreto 123 del Consejo de Ministros vinculado a las infracciones contra el ornato público, la higiene y otras actividades, mas nos parece que lo legislado anda por un camino y las conductas humanas de decisores y cumplidores por otro bien distante.

En cualquier país del mundo las leyes son leyes y hay que respetarlas, mas tienen pupilas agudas para hacerlas cumplir.

Es cierto que a la autoridad les ocupa objetivos precisos, pero ante hechos que laceran el comportamiento humano e influyen en la colectividad, que ocurren y no pasa nada, deben prevalecer las cartas sobre el asunto si queremos una sociedad guiada por indispensables normas. Al César lo que es del César, y cada quien tiene una cuota en el asunto.

Muchas veces estas preguntas sobre quiénes son los encargados de poner orden quedan entre bambalinas y comienza el clásico peloteo, si tú, si yo, en fin…sin embargo, no se entiende que a pocas cuadras de la existencia de baños públicos en el Bulevar el centro de la ciudad se convierta en una plaza para el reservorio de orine y heces.

Aquí no es cuestión de presupuestos ni de falta de recursos, en ello actúa las indolencias, las degradaciones cotidianas y esa pérdida de valores —aunque algunos estudiosos discrepan del término— que corroe a individuos y le traspasa la médula.

Ahora la provincia vive su estrategia comunicacional Villa Clara con Todos, una feliz iniciativa para tratar de devolverle la imagen a esos lugares convertidos en la Patria chica que permanecen en el corazón de aquellos que la aman.

Resulta inobjetable la añoranza desde ultramar o cuando por determinadas razones hay que marchar hacia otras provincias al ver una foto de la Glorieta, de la Peña dominical de Los Fakires, de la escuela donde estudiamos, del sitio que recuerda el primer amor, o del propio Parque Vidal, mas es triste apreciar microvertederos proliferantes por cualquier punto y el hecho de que perdimos desde hace años aquel eslogan que hacía, al menos de Santa Clara, una de las urbes más limpias de Cuba.

La guirnalda se ha apagado y me duele escribirlo, pero la realidad no admite parches y está a la vista de todos. Ojalá que cada uno nos sumemos a la maravillosa idea de transformar el entorno donde desarrollamos la vida, que cada quien cumpla sus obligaciones, y no falte en la conciencia individual el afán de eliminar esos «adjuntos» inexplicables que rondan por el Parque Vidal y otros sitios.

Cortarles sus tentáculos se impone como necesidad, en bien de todos.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/riciber91