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Por Ricardo R. González

Aún no se cree. Hay lágrimas en los ojos de los buenos cubanos, y de quienes comparten esa pesadilla en el Orbe desde que se conoció la noticia: Fidel Castro, el líder histórico de la Revolución Cubana, partía en su viaje hacia la eternidad en la noche del 25 de noviembre de 2016.

Que coincidencia trae la historia, pues 60 años atrás la proa de un pequeño yate desafiaba vientos y mareas para comenzar una nueva era al margen de sacrificios.

Al frente de los 82 expedicionarios estaba Fidel, el hombre de dimensión internacional que enseño a amar y demostró que no hay nada más importante como la dignidad del hombre.

Y esa fortuna espiritual la cumplió en vida e hizo que lo pequeño se hiciera grande, y que se compartiera hasta lo imposible para alimentar la vida de los necesitados.

Nadie duda que por su tenacidad, principios y coraje Fidel Castro trasciende a su época para inscribirse entre los íconos de los últimos siglos, y un referente ante políticas injerencistas. No tenía que pronunciar ni un verbo porque con su sola presencia el respeto tendía la reverencia hasta de sus acérrimos enemigos.

Rebelde desde niño, fiel a sus ideales, inspirador de lo positivo, no hay esfera que no cuente con la clarividencia de este hombre. Aún en los momentos más difíciles, en esos que nos parece que faltan las fuerzas para proseguir, que la confusión reinante nos haga dudar, habrá que recurrir a su ética, a su lógica martiana, y a la esencia propia de sus ideas para retomar el camino como quijotes invencibles de los tiempos.

Y no hablo de él en pasado. Resultaría imperdonable. Fidel Alejandro Castro Ruz es presente. Alguien sin fronteras y defensor de cada milésima de su Patria. El primero en llegar ante desastres naturales o catástrofes de cualquier tipo. Desafiando el peligro para insuflar ánimo y la certeza de que la obra revolucionaria no daría la espalda.

Villa Clara fue testigo en varias oportunidades. La provincia que siempre quiso tenerlo de cerca, y bastó aquella convocatoria que, en solo horas, logró una movilización sin precedentes aquel 30 de septiembre de 1996 en la histórica Plaza Ernesto Che Guevara, el mismo sitio en que encendiera la llama eterna, el 17 de octubre de 1997, durante la apertura del Mausoleo que perpetúa la memoria del Che y de sus compañeros de guerrilla por la selva boliviana.

Es el terruño que mantiene vigente aquella histórica frase de que somos vencedores de dificultades y obstáculos para inspirarnos como especie de cartilla cotidiana.

Es el hombre de La Historia me Absolverá, de Girón, la Sierra y de los tantos Moncadas que se han tenido que vencer sin minimizar en un ápice los principios, El de la Operación Milagro para devolverle el sentido de la visión a los latinoamericanos, el que un día predijo un Volverán, en torno al regreso de los Cinco, y el hombre internacionalista que nunca miró si las desgracias ocurrían en un país amigo o no, socialista o no, porque aun con divergencias predomina el valor del ser humano por encima de todo.

La muerte de Fidel aún nos parece lejana, imposible. Un golpe inesperado que ha sacudido a Cuba y el mundo. Estadistas, personalidades, intelectuales, científicos y gente solidaria han manifestado sus condolencias por la partida.

Hay luto, es cierto, pero en estos casos prevalece la leña que hace inextinguible el fuego en una antorcha a portar por las nuevas generaciones, por Latinoamérica, y por cualquier punto de este mundo que aspire a su soberanía e independencia.

Pero si pudiéramos preguntarle cómo le gustaría que lo recordáramos, sin dudas respondería con acciones, o como suscribiera el poeta, con un canto eterno porque «nuestros muertos quieren que cantemos».

Y lo veremos Fidel vestido siempre de verde olivo, en la primera fila de los combates aun por venir, con la adarga protectora en la larga cabalgata del titán del tiempo.   

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