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El ave es conocida también como tocoloro, en tanto en algunos sitios de la porción oriental la denominan guatiní proveniente de un vocablo taíno. Por lo débil del pico no abren cavidades en los troncos de los árboles, por lo que utilizan aquellos orificios abiertos por los carpinteros para sus puestas.

Las acciones de una familia villaclareña para preservar las especies y dirigir su entorno hacia el desarrollo sostenible se miran con beneplácito en lo que constituye un paraíso terrenal.

Por Ricardo R. González

Foto: Ramón Barreras Valdés

El ave más bella de la fauna cubana está próxima. No emprende vuelo ante intrusos, y permanece casi inmóvil en acto de exhibir sus atributos. Tampoco necesita de sobredimensionados pavoneos porque, verdaderamente, impacta. De vez en cuando lanza su canto desde la rama con sonidos reiterados que asemejan un to-co-ro-ro del que adquiere su nombre.

Mas su cantinela se mezcla entre ecos que pudieran simular códigos de avisos. En esos instantes la cola tiembla, mueve su cabeza, y los ojos rojizos miran desde la altura ese panorama apacible que ofrece la finca integral La Yaya, un punto de la Sabana Santa Clara convertido en un paraíso terrenal donde las virtudes humanas calan profundo en los visitantes.

Que lo diga José Ramón Ortega Caraballoso, máximo inspirador del sitio, al relatar que, en tiempos atrás, el tocororo (Priotelus temnurus) no era muy común en su patio hasta que comenzó la reproducción en viejos troncos de árboles motivada, quizás, por la tranquilidad de un paisaje rodeado de frutales, algunos insectos, y amplia vegetación que garantizan los nutrientes.

Múltiples incógnitas le surgieron a Ramón al ver que la presencia de las aves se incrementaba, entre ellas la de cómo enfrentar una supuesta «explosión demográfica» sin que abandonaran el lugar. La incertidumbre prevaleció hasta que en una jornada despertó y experimentó la alegría de encontrar la primera reproducción.

«Se logró en el tronco de un almacigo, afectado por un rayo, que secó a la postre. Allí los carpinteros hicieron primero la cavidad para un nido, y lo abandonaron a partir de la llegada de la pareja de tocororos. Dos años seguidos estos últimos lo establecieron como su guarida, y entonces nos percatamos que la competencia era marcada e imperaba la búsqueda de soluciones».

Luego de varias hipótesis este defensor de la Natura pensó en crear nidos artificiales que propiciaran confort a las aves. En realidad desconocía si serían aceptados, pues un cambio de hábitat pudiera derivar una catástrofe para la biodiversidad.

Con el apoyo de Elvey de la Paz Fernández y Loreta Francisco Ramírez, del taller de alfarería perteneciente al vivero El Tamarindo de la capital provincial, pasaron del sueño a la realidad.

De la laboriosidad cotidiana surgió una decena de nidos elaborados con barro que llegaron a la finca para distribuirlos por el área donde los tocororos se reproducen cada año. Son lindas casitas, similares a un pequeño conuco o bohío, con su soporte a la entrada del orificio, mas como objetos extraños al principio los animales mostraron temor, y luego de una pasiva exploración, extendida durante días, aceptaron el nuevo dispositivo que resulta en extremo confortable y hasta más refrescante.

Y cuál sería la sorpresa al constatarse que las «nuevas moradas» también eran preferidas por sus rivales carpinteros, por lo que Ramón no minimiza el deseo de ampliarlas para la venidera etapa de nidificación a fin de que no quede en una fase experimental.

Así este hombre de sabios conocimientos defiende su máxima de que toda ave que utilice huecos de árboles para anidar encuentre el espacio encaminado a procrear.

COSTUMBRES Y CAPRICHOS DEL TOCORORO

Según las historias habita en la campiña cubana desde hace miles de años, y se concentran en determinadas partes de la geografía cubana. Las elevaciones orientales albergan millares de ejemplares, mientras en la Ciénaga de Zapata, las cordilleras pinareñas, y en el centro y occidente del archipiélago abundan en manadas. 

Reproducen en la etapa idónea de marzo a junio, y ponen de dos a cuatro huevos incubados de 17 a 21 días.

Apoyado en su experiencia Ramón considera que «el tocororo es muy celoso. Mientras la hembra permanece en el nido el macho se mantiene muy cerca pendiente de cada detalle o peligro en la zona, pero luego alternan el período de incubación, y buscan el alimento de los pichones entre los dos».

Como toda especie existen signos que marcan el género, y uno de los distingos recae en el pecho.

El de los machos es blanco con vientre rojo; sin embargo, la hembra une pecho y vientre con tonalidad rojiza. Por demás en cada caso las alas y la cola comparten el azul y el verde, en tanto otras bandas alternan entre blanco y negro.

Vale señalar que los adultos utilizan idéntico nido de un año a otro durante el período reproductivo, y cuando no existía la modalidad de barro José Ramón Ortega veía que empleaban el tronco de árbol que acogió el nacimiento en etapas pasadas.

Desde su finca este villaclareño es feliz. Se declara enemigo de exterminar cualquier tipo de animal, y tampoco forma parte de sus códigos. En cambio siente un regocijo interno cuando aprecia en ellos una vitalidad incuestionable como la mostrada por el tocororo en aquellos parajes, en vuelo libre, y convertido en el emperador de La Yaya.

¿POR QUÉ ES EL AVE NACIONAL?

Quiso la Naturaleza que estas aves portaran los colores de la enseña patria. Las plumas blancas de su pecho, el plumaje rojo del vientre, y la tonalidad azul presente en su cabeza son los colores de nuestra bandera, al tiempo que el verde se identifica con la campiña cubana.

Está considerada el ave más hermosa del país, pero a ello se suma la intolerancia para vivir en cautiverio como defensores plenos de la libertad. Sin esta sobrevive muy poco, y llega a perder todo su plumaje.

Vale aclarar que su caza o captura está prohibida según consta en la Resolución No. 81 de 1982 del Ministerio de la Agricultura, mientras existe un documento legal para sancionar a sus depredadores mediante el Decreto—Ley 200, del 22 de diciembre de 1999, que establece las Contravenciones respecto al Medio Ambiente. 

CURIOSIDADES

— El tocororo es un ave endémica (*) de Cuba con dos variedades; una de ellas habita en la Isla de la Juventud (P. temnurus vescus). El macho tiene una longitud de 28 cm, mientras la cola mide de 14, 3 a 14,8 cm, aunque las hembras aventajan a los machos por escasas proporciones.

— Un detalle peculiar es que permanecen en reposo por largo tiempo con el pescuezo encogido, y solo abandona dicha posición para la búsqueda de alimentos con movimientos ágiles, pero a corta distancia.

— Aparecen con facilidad en bosques dotados de árboles mixtos, entre estos el almácigo, las yagrumas y los pinares. Anida en orificios recién abandonados y construidos por pájaros carpinteros.

(*) Especie o grupo restringido a una región. Propio, exclusivamente, de determinado país.

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