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La interacción de Liuba María Hevia con su público infantil resulta un detalle imprescindible fuera del escenario.

Por Ricardo R. González

Cuando publique la reseña Liuba María Hevia y su grupo ya estarán en La Habana preparando los compromisos que aguardan en los parques Almendares y Lenin durante el fin de semana

El miércoles realizaron la presentación final, correspondiente a esta gira, en el poblado placeteño de Báez, no sin antes abonar fantasías para los habitantes de Caibarién, Encrucijada, Manicaragua, y Santa Clara.

Fue el reencuentro con los menores de cualquier edad, con esos que transitan por el universo de la inocencia, o con aquellos que llevan en el alma los recuerdos de la infancia, aunque hayan pasado unos cuantos calendarios y el cabello pinte canas.

No importa la edad, porque, una vez más, Liuba descorrió el acervo de las buenas canciones infantiles, de esas nanas apropiadas para cualquier época, y más en tiempos donde los pequeños sufren las influencias de otros géneros que poco o nada aportan ni dejan enseñanzas en lo que constituye un segmento de oro en nuestras vidas.

Por eso no faltaron los temas de maestros emblemáticos ejemplificados en el mexicano Francisco Gabilondo Soler, la argentina María Elena Walsh, y de esa cátedra que nos llena de orgullo cuando se habla de Teresita Fernández.

Cada letra deviene pequeñas lecciones de aprendizaje y de divertimento a la vez, a las que se suman las musas aportadoras de talentos contemporáneos como Ada Elba Pérez y la propia Liuba en el difícil arte de crear para niños.

Los municipios visitados regalaron sus bondades. Momentos que quedan entre las lindas vivencias de un julio caluroso en el que sentimos el corazón feliz, y en el que cada nota fue multiplicada por un coro masivo conocedor de las canciones.

No solo de las más difundidas como El gatico Vinagrito, El cangrejo Alejo, La marcha de las letras, o El trencito o la hormiga, sino también como el momento vivido en Encrucijada cuando alguien, desde el lunetario, pidió Titiritero, un tema de Teresita que no figura entre los sumamente conocidos.

Liuba no lo traía incluido para la ocasión; sin embargo, gracias a la sagacidad del director musical, arreglista y bajista del grupo, Arnulfo Guerra Ramos, se pudo improvisar.

En medio de programas intensos siempre existen oportunidades para visitar la Casa sin Amparo Familiar, y el proyecto Para una sonrisa, algo que revitaliza a los menores hospitalizados en el pediátrico José Luis Miranda, y que deja una terapia especial y mágica que reconforta el alma.

Hasta el centro de Cuba llegaron, también, dos amigos procedentes de Tenerife (Islas Canarias), Argelia y Juan, quienes filmaron cada una de las incidencias de este periplo por parajes villaclareños.

Si algo no puedo dejar de mencionar resulta la excelencia de músicos jóvenes que acompañaron a Liuba. Además de Arnulfo con su indiscutible maestría, bien valen las palmas para Alejandro Aguiar Rodríguez, en la percusión, y Francisco Speck Silveira (Pachi), en el bajo, al lograr la armonía necesaria en busca de la perfección.

Santa Clara tuvo la dicha de contar, además, con un recital dedicado a los adultos en el emblemático teatro La Caridad, mientras niños y niñas asistieron a su matinée de canciones en el cine Camilo Cienfuegos.

Un concierto que en una primera ocasión fue suspendido sin que la decisión haya sido de Liuba. La conozco bien, y sería incapaz de defraudar a su público, mucho menos al infantil.

Para que un espectáculo vea la luz necesita del aporte de múltiples eslabones, y no siempre las determinaciones de algunos, unido a diversas circunstancias, constituyen las más felices. Lejos de ayudar, conspiran contra los buenos propósitos.

Báez —al igual que Caibarién y Manicaragua— trajo momentos recordables. Una gran ronda de niños, de esos «que juegan el mundo a mirar» cerró el encuentro. Dame la mano y danzaremos, con letra de Gabriela Mistral y música de Teresita Fernández, pretendió decir un hasta pronto.

Sin embargo, los presentes pidieron otra, y llegó una calabacita adelantada en hora que sí despidió hasta una próxima vez.

Al final una breve visita a la Fábrica de Tabacos en la que el sonido intenso de las chavetas tributaba la cordial bienvenida. Alguien le pidió a la trovadora que cantará una canción, y fue ella quien invitó a que la escogieran. Para sorpresa la famosa Estela coincidió por consenso. Entonces Liuba entonó a capella algunas de sus estrofas.

Ahora, mientras organizo las ideas para preparar mi comentario, recuerdo lo que me dijo una señora en Encrucijada: «Por favor, dale las gracias a todos porque me han hecho revivir parte de mi infancia».

Y cuanta razón le asiste. Un sentimiento compartido que nos afianza el privilegio de existir con ese tesoro de ser niños bajo la magia de Liuba.

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