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Por Ricardo R. González

Este martes me pareció que la ciudad despertó más presumida que nunca, coqueta y bendecida por las festividades que la colmaron en su cumpleaños 325.

Entonces, Cómo decirte gracias Santa Clara si cada día nos regalas lunas y alboradas… ¿Con un poema? ¿en un décima? No, lo prefiero así, sin rima y con mis palabras.

Como decirte gracias si nos meces entre el aire fresco del Capiro y el susurro de los tomeguines silvestres cuando asaltan el espacio.

Eres tú, la que llenas corazones y motivas, quien alienta y entristeces, la tesorera inigualable de recuerdos y nostalgias.

Eres tú, la de tamarindos que se apropian de los bosques, la de mariposas perfumadas, la de verjas coloniales y evocaciones lejanas, la de antaño adoquines que sustentan historias zurcidas con el hilo del amor y la esperanza.

No importa sitios ni ciudades por donde andan y desandan tus hijos porque sigues siendo tú, y desde donde quiera se te extraña.

No importa, porque se anhela, al menos, una imagen que refleje a la Glorieta, a la casa de aquellos sueños multiplicados, y a la escuela de la infancia. Algo que devele la palma, o un simple destello que te identifique: Santa Clara.

Y te vemos linda, sin las pronunciadas arrugas, aunque el tiempo marque ya las inevitables centurias.

Se dice fácil, más cuantas vivencias y alboradas. Por eso, donde quiera que estemos, ilumínanos. Entréganos tu llave para dejar abierta la gran puerta que nunca cierra. Para que nos muestres tus encantos y compartamos tus desdichas, para que, por siempre, sigas irrigando la vida de los fieles que te aman.

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