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«Con las irregularidades que poseía la fábrica era imposible enfrentar el proceso productivo ante la etapa de primavera», subraya Sixto Padilla Pérez, al frente de la entidad santaclareña.

Por Ricardo R. González

Foto: Ramón Barreras Valdés

Sixto Padilla Pérez no es un hombre temeroso, mas asegura que acudía a un cinturón de seguridad ficticio cada vez que traspasaba la puerta del establecimiento de productos lácteos La Villareña, de la capital provincial.

Hace un tiempo le asignaron las riendas directivas. Viaja a diario desde Placetas donde reside, y junto a su colectivo asumió los 60 días inmersos en la reparación capital de la entidad debido a su deterioro técnico y constructivo.

Las jornadas anteriores se convertían en un verdadero crucigrama de problemas. El paso de los años no perdonó a una unidad, inaugurada en 1975, que dispone de aditamentos checos, unidos a otros procedentes de las más diversas zonas geográficas como Brasil, la antigua URSS, o China, y en medio de esta amalgama: el marcado déficit de piezas de repuesto.

Así trataron de vencer vientos y mareas hasta percatarse de que resultaba imposible enfrentar las grandes producciones que no salían con óptima calidad, lo que ocasionó la pérdida de la licencia sanitaria como garantía para comercializar las ofertas.

«El establecimiento llevaba más de seis años sin recibir un trabajo de magnitud. Se ha hecho en tiempo récord, y el monto supera los 400 mil pesos en moneda nacional, y está por encima de 100 mil pesos convertibles», recalca Padilla Pérez.

LA VERDAD DE LA VERDAD

Ya respiran cierto alivio con la recuperación de todas las áreas productivas, y los nuevos salones de llenado de bolsas.

Las manos de los expertos reacondicionaron las importantes neveras, los pisos, las esteras, y asumieron la reparación de todo el sistema de refrigeración y de las calderas, así como de la línea destinada a los productos elaborados a base de soya.

Unos 380 trabajadores; de ellos, el 40 % representado por mujeres integran la nómina de la entidad. Cada uno se volcó en función del cambio de imagen acompañado de un grupo importante de empresas del territorio sin las cuales hubiese sido imposible desplegar el trabajo.

«Ese apoyo resultó inmejorable porque, además, se chequearon los motores eléctricos, procedimos a la impermeabilización de los techos, sin descuidar el trabajo dirigido a la seguridad del amoníaco con vista a que no escape ni contamine los fluviales».

Mención especial para la labor de los más de 20 innovadores que han sido vitales en todos los tiempos. Tanto en labores de mantenimiento como en la asistencia al parque de transporte. A ellos se debe el montaje de las esteras que laboran ya en la nueva era de La Villareña, sin apartarlos de motores, válvulas, tuberías y reductores que saben de la valía de inventivas con notorio efecto económico e incontable valor social. 

— Un cierto paréntesis productivo debe traer ventajas, insisto con Sixto Padilla…

— El esfuerzo de los trabajadores impidió la paralización total. A pesar de los pesares continuamos procesando la leche en polvo, el chocolex, y los cereales que se pudieron mantener durante este período.

«Ahora esperamos garantías en la calidad y estabilidad, pues el complejo dispone de dos líneas de producción: una exclusiva para leche fluida o concentrada, y la otra destinada al yogurt natural y de soya en turnos normales que eviten la nocturnidad.

«Otra de las mejoras incide en los productos que recibirán el frío necesario a fin de preservar la calidad y evitar los cortes masivos de leche».

— Si de momentos críticos se habla ¿cuáles fueron los principales?

— La industria láctea depende de una tecnología estática para asumir el proceso productivo, y de una rodante que atañe al  transporte, pero todo influye en la calidad y distribución.

«Los anteriores paros obedecieron a frecuentes roturas en las  esteras, en el sistema de frío, en las calderas, en los tanques receptores de leche o en el pasteurizador… Se solucionaba uno, y a veces en el mismo día rompía otro».

— Ustedes producen más de 12 renglones entre leches de diversos tipos, quesos, yogurt, chocolex, helados, natillas… con diferentes destinos ¿Cómo se las ingeniaron para afectar lo menos posible a la población?

— Tratamos de que resultaran mínimas las molestias, mas siempre las hubo. Lo que quizás no se sepa es que trasladamos producciones desde Sagua la Grande y Placetas a fin de garantizar las entregas.

«A las 2:00 de la madrugada llegaba la leche concentrada desde la Villa de los Laureles. Un estimado entre los 10 mil y los 12 mil litros, así como el yogurt dirigido a la merienda escolar.

«Sagua procesaba el yogurt, con cerca de 13 mil bolsas, y el queso de la propia merienda para las escuelas. Todo con un gasto de combustible enorme, pero no podíamos olvidar nuestra divisa principal que es la población».

— Sin embargo, ¿hubo otros dolores de cabeza?

— Llegamos a recibir hasta 30 mil litros de leche, y no contábamos con frio ni vapor, y se enviaban al combinado de Cumanayagua para evitar su pérdida.

— Hay una reparación capital, mas ello no exime de soluciones definitivas…

— El ritmo tradicional de la industria oscila entre 16 mil a 20 mil litros diarios de yogurt de soya, y de 25 mil a 30 mil litros de leche concentrada para la población y los organismos, y en tiempo de lluvia se pudiera llegar hasta las 54 mil bolsas de leche que, por las deplorables condiciones anteriores, apenas cumplíamos con el proceso del yogurt.

«Esta nueva reparación posibilitará, tanto en el período lluvioso como en la seca, mantener la estabilidad en la producción de yogurt, a la vez que ofrece la opción de fabricar más queso».

Ojalá la revitalización de La Villareña santaclareña reciba los buenos aires deseados por quienes dependen de ella. Mientras tanto, Sixto Padilla Pérez prosigue como el clásico hiperquinético que seguirá ajustándose ese cinturón imaginario porque, de no tener preocupaciones, su propio temperamento tampoco le permite estar encerrado en los marcos de una oficina.

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