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Por Ricardo R. González

Caminar a diario por las calles ofrece, además de demasiado calor, la posibilidad de convertirnos en testigos de hechos que, por su indolencia, nos parecen retroceder a eras remotas. El uso de paraguas o sombrillas se ha convertido en una necesidad ante los estragos de un clima que borra estaciones tradicionales, y juega con el invierno, el verano o las lluvias a sus caprichos y antojos.

Ahora bien. Hay usos y usos. Lo vivido hace tres días en una de las aceras de Luis Estévez, entre Julio Jover y Martí, muy próximo al círculo infantil Travieso Pillín me «inspiró» a llamar la atención sobre acciones que tienden a repetirse.

Una señora portaba uno de esos «paraguones», desmedidos incluso para su estatura, y por poco le hace perder un ojo a una transeúnte que venía en sentido contrario.

Pero lo más triste del caso es que la imprudente siguió tan rauda como en las buenas etapas del llamado «tren francés» por su carrilera. Ni siquiera ofreció una disculpa, ni manifestó una preocupación ante el incidente, e incluso le aprecié hasta un tono molesto cuando, en verdad, era la presunta afectada quien debía poner las cartas sobre la mesa.

Pasaje similar relata un amigo cercano a los medios de comunicación al constatar el mal gesto de otra ciudadana que se molestó, sobremanera, al recibir la sacudida de su sombrilla ante la posibilidad de incrustarse en el globo ocular de nuestro asiduo colaborador.

Son dos hechos entre tantos… y es increíble que en un siglo de tanta modernidad haya que escribir trabajos para tratar de condicionar el mejoramiento humano.

A mi modo de ver existe una tendencia mayoritaria —no generalizada, por suerte— de pensar que somos los dueños del universo. Hacemos y deshacemos, sin importarnos que conformamos una milésima parte de una comunidad necesitada de respeto.      

A ello se suma la lamentable realidad de que Santa Clara carece de grandes aceras, por lo que utilizar sombrillas y paraguas demanda un sentido común al parecer perdido.

No hay que asistir a un aula universitaria para aprender que debemos mover, inclinar, subir o bajar el implemento según la altura de la otra persona y las condiciones reales del lugar por donde caminamos.

Significo que en estos casos no se trata de adolescentes casi siempre tildados y que a la postre caen dentro de ese malogrado concepto de que «la juventud está perdida».

Todo lo contrario, las causantes son personas hechas y derechas que hacen mucho tiempo dejaron atrás la mocedad. Que saben de lo bueno y lo malo, así como de comportamientos debidos e indebidos.

En tiempos llamados a fortalecer valores la vida no puede sucumbir en un vaso de agua ni tampoco considerar que somos merecedores de todo.

Es hora de que los códigos y leyes en torno a la convivencia comiencen a funcionar y surtan efecto, sin que se vea en lo coercitivo la lanza ideal o el escalón primario para poner las cosas en su sitio, mas si tanta divulgación, enseñanzas, orientaciones y sugerencias toman por el camino de la indiferencia habrá que recurrir a otras modalidades que disciplinen el desorden cotidiano.

Me parece también que, en medio de una existencia complicada, debe hacerse un alto para autoanalizar nuestras conductas. Es cierto que nos agobian miles de problemas, y que cada quien los tiene en mayor o menor medida, pero no podemos olvidar que somos humanos con tino, sentido y responsabilidades ciudadanas.

Una consulta con la doctora María Elena Guillén Bravo, jefa del servicio de Oftalmología del hospital universitario Arnaldo Milián Castro, asevera lo peligroso de la situación.

Un accidente ocular puede traer consecuencias impredecibles, desde un rasguño en la cornea hasta un vaciamiento total producto de la negligencia humana. Y una prótesis ocular solo soluciona el detalle estético, pues lo vital ya no existe. 

Piense en esta reflexión médica … Es muy triste salir del hogar viendo la luz y las bellezas o imperfecciones que nos rodean, y regresar en plena oscuridad por dichas actitudes irresponsables.

Imagine si se trata de un pequeño que venga en los brazos de su padre o de algún tutor. ¿Por qué exponerlos a peligros de los cuales no resultan responsables? 

Silvio Rodríguez, en su deseo, pidió un rabo de nube. Yo solicitaría un torbellino de buenas costumbres que nos hiciera comprender nuestro paso por un mundo en el que somos mucho más que dos.

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