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“Mucha gente cree que yo no soy yo. Que ya me morí… Y es que llegar a esta edad está de mambo. Para andar en esta rumba hay que cuidarse, y yo me cuido. Soy organizado, como bien, duermo mis horas, ya no vacilo de noche, tomo vitaminas, de la A a la Z, y me checo con el médico casi diario”, dijo alguna vez en estas páginas el cantante Francisco Fellove, precursor del movimiento del filin cubano, compositor y crooner, quien cubrió una época importante del desarrollo de los géneros bailables y a quien se debe la introducción del scat jazzístico en el son y la salsa, así como la popularidad de innumerables piezas de la música de la isla.

El llamado Gran Fellove murió este fin de semana en un hospital de la ciudad de México a los 89 años.

Nacido el 17 de octubre de 1923 en el barrio Colón de La Habana y naturalizado mexicano, Francisco Fellove es un personaje imprescindible al momento de hablar de música afrocaribeña. Su alegría y desparpajo, aunados a una forma interpretativa en la que ligaba sonidos onomatopéyicos con frases rítmicas, fueron sus signos de identidad artística.

Joyero de profesión, ingresó al medio musical gracias al ambiente de rumba y son que permeaba en el barrio habanero de Colón, sitio en el que convivió desde niño con tamboreros de la talla del gran Chano Pozo; su primo Patato Valdés; el tresero Niño Rivera, quien le acompañó en sus primeras composiciones, y el pianista Bebo Valdés, con quien participó como voz de su orquesta y contribuyó a la creación del ritmo batanga, hasta llegar al grupo bohemio de los Muchachos del Filin, con quienes contribuyó al desarrollo de ese estilo de hacer y cantar el bolero cubano.

A los 16 años compuso su clásico Mango mangué, que le grabó Celia Cruz; el bolero Dos caminos, que hizo popular Olga Guillot, y No me agites más, grabado en 1948 por Machito y sus Afrocubanos.

Desplegó su actividad de intérprete y compositor en La Habana hasta que su amigo José Antonio Méndez lo convenció de venir a la capital mexicana. Desde 1955 radicaba en el Distrito Federal, donde conoció a su esposa Melba, con quien tuvo a su hija, Toñita, y donde hizo muchos de amigos y concretó su carrera musical.

“Estoy muy agradecido de mi México lindo y querido, de su gente tan bonita que me dio su apoyo. Quién sabe qué hubiera pasado de no haber llegado a México”, aseguraba Fellove, intérprete singular de rumba, guaracha y son, quien precisaba que en México su música empezó a evolucionar, y presumía que entre otros aportes incluyó el scat jazzístico (conocido entre nosotros como chúa) al canto sonero. “Yo scateo las guarachas y rumbeo el jazz”, decía.

“Llegar a esta edad está de mambo. Para andar en esta rumba hay que cuidarse, y yo me cuido”, dijo alguna vez en estas páginas el cantante Francisco Fellove.

Fellove confesaba que le gustaba estar con la juventud, “acercarme por medio de la música. No creo que a los chavos les disguste lo que hago, es que no saben. Si te acercas y cantas lo que es tuyo, la juventud atiende. Tiene cerebro y mente fresca, y si le dan buena música, se educa”.

Cantaba lo mismo Walking on the moon, de Sting, que scateaba con Iraida Noriega o rapeaba sobre la base de un loop electrónico, acentuando un discurso afrocubano. No se arredraba. “Canto jazz, blues, filin, son, guaracha, guaguancó, bolero, ranchera y lo que me pidan. Yo soy un vacilón, chico.”

Pero en ninguna antología musical afrocaribeña que se precie de seria puede faltar la cita de este singular caballero.

Tuvo una participación pionera en las cuban jazz sessions de la Panart, con su hermanito Cachao, las interpretaciones más filinescas del repertorio cubano de que se tenga memoria, como En nosotros, de Tania Castellanos, y Decídete, de su amigo José Antonio Méndez.

Fue precisamente El King quien al traerlo a Méxio lo llevó ante Mario Rivera Conde, director artístico del sello RCA, donde grabó sus primeras composiciones: el mencionado Mango mangüe y Sea como sea. Un disco de 45 rpm que de inmediato lo lanzó a la fama.

Por aquel entonces, a finales de la década de los 50 y toda la de los 60, participó en teatros de revista, salones de baile y elegantes cabarets. “Representa lo verdaderamente afrocubano”, destacaba un crítico de la época. Sus apariciones constantes en la televisión hicieron que un público masivo lo conociera y otros escenarios lo reclamaran. Viajó por muchos países de Centroamérica y el Caribe hasta llegar al Paladium de Nueva York, donde alternó con Tito Puente, Tito Rodríguez y Machito.

Incansable, siempre ha estado en los mejores rumbones y descargas, como aquella del Madison Square Garden, en la que participó con Chucho Valdés, o aquel festival Toros y Salsa, de Dax, Francia, donde reunió a cerca de 8 mil personas.

Su forma de cantar lo llevó a la creación de un fraseo sonero llamado chúa. La discusión, un tanto bizantina, por cierto, de si el estilo de marras es de él o no, ya fue aclarada por el propio Fellove en muchas ocasiones, la más reciente ante las cámaras de Canal 22 y el programa Salsajazzeando, de Deborah Holtz: “El creador del chúa-chúa soy yo… Yo soy el padre de la criatura”.

(Con información de La Jornada)

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