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Festival de Ballet de La Habana; Si vas a bailar, cuenta con Virgilio

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Desde el arte coreográfico se le rindió homenaje a Virgilio Piñera en su centenario.

Aunque no ha aparecido todavía ese estreno que nos haga vibrar completamente, sí han pasado cosas buenas por las tablas del 23 Festival en los diferentes teatros abiertos al encuentro. La Gala por el Centenario de uno de nuestros más grandes dramaturgos, Virgilio Piñera, acercó piezas de otros tiempos, donde dialogaron nostalgia y realidad, además de que muestran que siguen vivas las mejores tradiciones en la descendencia del BNC, bajo la vigilia constante de la Maestra.

El conocido mito griego de Prometeo, quien desafió la ira de Zeus y robó el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres en la tierra, fue traducido hace ya algunos años a la danza por un nombre clave en la coreografía cubana: Alberto Méndez, en El poema del fuego. Es indudable que el creador, con su personal manera de decir logra aquí la fijación de grupos, movimientos, líneas de una gran nobleza, y de una plástica elegante inspirada en la belleza de las formas clásicas. La obra, en el tiempo, volvió a tener una representación memorable. En primer lugar con la interpretación estelar de Javier Torres, en quien se produce hoy día un notable proceso de maduración y cuya danza ha ido adquiriendo paulatinamente una desenvoltura emocional, una cualidad de fluidez y de estilo que contribuyen a acentuar, cada día más, sus ya conocidas virtudes técnicas e interpretativas. El papel de Prometeo se adecua a su aspecto escénico y a sus aptitudes profesionales. Junto a él las excelentes bailarinas Amaya Rodríguez, Ivis Díaz, Aymara Vasallo y Estheysis Menéndez se integraron magníficamente al quehacer de la difícil obra, así como Luis Valle (Zeus) y el dúctil cuerpo de baile con las nuevas generaciones en El caos-El hombre.

Hubo dos estrenos mundiales en la noche: La destrucción del danzante, de Alicia Alonso y Virgiliando, de Iván Tenorio. En una se recoge la esencia de Piñera en su obra; y en la otra, su persona en sí y el mundo que lo rodeó, a partir de sentimientos. Difícil es su universo y ello siempre es complicado a la hora de traducirlo a la danza, aunque se observa el pulso teatral que las anima. La destrucción... , se basa en el poema homónimo (publicado en 1943) de hondo contenido filosófico, que toca de cerca la aniquilación personal por el abuso de sustancias estimulantes, mal que aqueja incluso a algunos jóvenes bailarines de este tiempo. El solo fue interpretado-bailado con mucho tino por el bailarín en ascenso Osiel Gounod, quien con su virtuosismo característico insistió en el objetivo de la expresión corporal sobre la que descansa el ballet.

Iván Tenorio, otro grande de la labor coreográfica cubana, quien ha dejado profundas huellas en el repertorio del BNC, regresa con esta pieza, que expresa, desde lo más profundo de su ser, las impresiones del Virgilio de carne y hueso que fue, y del entorno que lo rodeó en su tiempo. Y lo bautizó con el nombre del libro homónimo de José Milián: Virgiliando, que cuenta con diseños de Ricardo Reymena. De ahí que no se cuenta una historia, "son ráfagas de sensaciones" como ha dicho su autor. Vale destacarse la caracterización, correcta, del bailarín Omar Morales animando el protagónico, muy bien secundado por Jessie Domínguez y Alfredo Ibáñez y el cuerpo de baile que desata sus "emociones" en el guaguancó y otros ritmos cubanos a partir de la excelente banda sonora de Gustavo Santoalla, Dafnis Prieto y Clint Mansell.

(Con información de Tony Piñera. Periódico Granma)

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