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soyquiensoy (Ricardo R. González)

Pancho Amat: “Está seguro el relevo sonero en Cuba”

Pancho Amat: “Está seguro el relevo sonero en Cuba”

Fueron varias las conversaciones telefónicas previas. El ajetreo de su trabajo siempre amenazaba con dejar en el tintero tantas preguntas que desde siempre quise hacerle. Pero para este hombre, tan sencillo, tan campechano y transparente, la responsabilidad es valor cimero. No podía dejarme sin la entrevista. Y yo tampoco podía darme el lujo de que Francisco Amat, el Pancho sonero, no me hablara de su vida y sus visiones del panorama musical cubano.

¿Cómo llega a sus manos el primer tres?

El primer tres fue un regalo de mi padre, él vendía carbón por la calle. Un cliente no tenía dinero para pagarle y le cambió una guitarra por un saco de carbón. En mi casa se habían dado cuenta de que yo tenía afición por la música, porque siempre estaba tocando con latas y con lo que apareciera cuando ponían programas musicales por la radio. Mi mamá se dio cuenta de que yo tenía vocación desde pequeño, y a los siete u ocho años es cuando llega ese tres a mis manos, que en realidad era una guitarra encordada como tres. Como era fin de año, el viejo vio la solución para el regalo de los reyes.

¿Y estudió música de niño?

Yo estaba en una bandita musical de mi escuela primaria. En una ocasión el director de la escuela llamó a mis padres y les dijo: Miren, me han mandado al muchacho para la dirección, porque le pide permiso a la maestra para ir al baño y lo que hace es que se escapa para las clases de música. Yo sentía el piano, y como ya había terminado los deberes me iba y me escondía debajo de unas escaleras para oír esas clases. Mis padres le preguntaron al director cuál era el castigo que me iban a poner, y él les dijo: ¡No!, no se lo estoy diciendo para que lo castiguen, sino para que sepan que el niño tiene vocación por la música, porque eso no lo hace ningún muchacho de esta escuela.

Pancho, tengo entendido que usted fue de pedagogo a músico, ¿cómo fue ese tránsito?

Después de la primaria y la secundaria, yo me había vinculado con el movimiento de artistas aficionados que había en la casa de cultura, con un septeto de sones que tenían en la fábrica de tabacos y con un conjunto de guaguancó del sindicato de la cultura, que se convertía en conga para los carnavales. Entonces me dividía el tiempo: la mañana y un poco de la tarde para la escuela, de ahí salía corriendo para el terreno de pelota y por la noche me bañaba a la velocidad de un tiro y me iba para la casa de cultura, donde habían ensayos todas las noches. Estar en aquel ambiente era lo que me gustaba, esa era mi fuente de aprendizaje: la transmisión oral. Así aprendí a tocar el tres, la guitarra, la tumbadora, el bongó.Mi ilusión, obviamente, era matricular en una escuela de arte, pero a mi pueblo nunca llegaron becas. La otra opción que tenía era vincularme a alguna escuela de música de La Habana y dar los viajes todos los días, pero no tenía amparo económico para eso, mi papá estaba enfermo. Yo tenía muy buenos resultados académicos y había ganado un concurso de monitores a nivel provincial. Entonces llegó una captación grande para el Instituto Pedagógico Enrique José Varona y vi la solución, porque yo era el único hijo y sentía un poco la responsabilidad de hacer por la casa. Así empecé en el pedagógico. La vida me puso allí.

El cambio ocurre cuando ya yo estaba en quinto año de la carrera. En ese momento viene el proceso de inscripción para integrar un proyecto que después sería el grupo Manguaré. El grupo chileno Quilapayún visitó Cuba y hubo un intercambio con la UJC y el Ministerio de Cultura para hacer un grupo en Cuba que tocara la música sudamericana. Los de Quilapayún montaban muchas canciones de Carlos Puebla y algunos sones también, por eso querían hacer la percusión cubana, tocar el tres. Entonces, a principios de 1971, recién graduado del pedagógico, ingresé a Manguaré y partimos a Chile a tocar con Quilapayún.

¿A qué personalidades de la cultura cubana pudiera agradecerle el músico que es hoy?

Como músico en general, al que más le debo y del que más he aprendido es de Frank Fernández. Porque cuando empezamos con Manguaré, Frank fue nombrado como asesor del grupo. Él hacía arreglos para nosotros y, con ese espíritu de profesor que tiene, nos iba explicando por qué hacía cada cosa. Aquello fue muy útil para mí, porque me iba dando cuenta de que para resolver los problemas no basta con saber música, sino saber qué hacer con lo que conoces. Yo mantuve la relación con él y cuando pasé el conservatorio para tener de mi lado la técnica, él me llamó hasta para que le hiciera la dirección musical de unos conciertos que organizaba en aquella etapa de la nueva trova.

Bajo el techo docente, por así decirle, yo tengo mucho que agradecerle a Rafael Lay, que fuera mi maestro de armonía. Lay me preparó mucho como armonista y también como orquestador. También me enseñó qué hacer con los conocimientos de la música, sobre todo la popular.

Otro al que siempre le agradezco es a Martín Rojas. Cuando llegamos de Chile con Manguaré, ya yo tocaba el cuatro venezolano, las quenas, el altiplano, el charango, la guitarra, el tres y también la percusión. Martín, que era en aquel entonces el guitarrista de Omara Portuondo, me dice durante una jornada cucalambeana que me dedicara al tres, por la forma en que me veía ejecutarlo y porque ninguno de los jóvenes se interesaba por este instrumento. Como ves, le hice caso a su consejo.

Ya se ha hecho común que lo identifiquen como «el rápido de Güira de Melena». ¿A qué se debe el sobrenombre?Eso sucedió por el año 1989, cuando yo comenzaba con la banda de Adalberto Álvarez. En la primera presentación que hicimos en La Tropical, un cantante del grupo que se llama Félix Valoy sale a presentar el primer solo que yo iba a hacer, y dijo: ¡El rápido de Güira de Melena!. Al final de las descargas yo siempre hacía algo rápido y vistoso, inusual en el tres. Entonces le dije que me siguiera presentando así. En primera, porque me alegraba que me asociara con mi pueblo, y además porque el hecho de que me dijera «el rápido» ilustraba un poco mi manera de tocar, sin nada fatuo detrás. A mí no me gustan los títulos nobiliarios: «El Conde del tres», «El rey del tres», «El príncipe de no sé qué».

Ya me adelantaba algo. ¿Qué significa Güira de Melena para usted?

¡Imagínate! Te digo que haber nacido aquí ha marcado mi forma de tocar el tres. Mis primeros pasos fueron aquí. Además, se ha dado el caso de que viene Frank Fernández a tocar y se sorprende de que el público se comporta como si estuviera en el Amadeo Roldán. Hace muy poco mi hijo y yo dimos un concierto aquí, con un proyecto que llamamos Haciendo son en otro jazz. Invitamos a Abel Acosta y al viceministro de cultura, y ellos se quedaron sorprendidos con la actitud del pueblo. Si tú me preguntas por qué sucede esto no sabría explicarte, pero sin duda hay una cultura en este pueblo. Y es increíble que en una localidad identificada básicamente con la agricultura haya apetencias por disfrutar del mundo del arte.

Hablemos ahora del son. ¿Qué valores encuentra en este género?

El son es uno de los colores sonoros que más tiñen la bandera cubana. Es de los géneros que más nos identifican en el mundo. Es de los que más nos convoca como cubanos. El son tiene la posibilidad de dejarse contaminar y contaminar también a otros géneros. ¿Cuántas variantes no hay del son? Está el montuno-son, el cha-son, el bolero-son, por decirte algunos. ¿Cuántos tangos no se han cantado en tiempo de son? Y todas esas versiones que hacía la Orquesta Aragón, cuando soneaban el cha cha cha. Por eso creo que el son ha dejado una huella grande en la cultura cubana, y no te puedo decir hasta dónde pueda perdurar esa huella, por la capacidad que tiene de adaptarse constantemente a las nuevas sonoridades que van apareciendo.

¿Y si tuviera que hacerle una serenata a su tres, qué canción escogería?

¡Hombre, imagínate! (durante casi un minuto permanece en silencio, pensativo). Tendría que pensarlo, porque es que hay mucha música. Eso sí, si tuviera que hacerle una serenata a mi tres, sería con un sonido entre la trova y el son.

¿Cómo ha logrado vincularse al programa de enseñanza artística en Cuba? Porque sé que es de una manera diferente, más allá de un aula o una clase.

Yo no he tenido mucho tiempo para practicar la docencia por el trabajo que tengo. Pero tengo una peña en el Museo de la Música en la que están participando constantemente treseros jóvenes. Yo me los llevo a la peña, me los llevo a practicar a mi local de ensayos. También tengo muchachos que he ido asesorando en las provincias. Nosotros mantenemos contacto telefónico, les mando material para que estudien, ellos se suben a tocar conmigo cuando estoy de gira por Cuba. Y siempre ha sido para mí un elemento prioritario poder ayudar a la formación de los jóvenes, para que no pasen por los trabajos que pasé yo. Por eso hago todo cuanto esté a mi alcance en el sentido de apoyar el talento joven.

Hay otra cosa en juego que es muy importante. Es el hecho de ser modelo, de ser imagen, de convertirte en prototipo. Y así ha pasado conmigo, aunque te soy absolutamente sincero: yo nunca me lo he propuesto. Y por eso hay muchos jóvenes por ahí que me han hecho muy feliz cuando los veo tocar, porque veo que tienen elementos míos e incluso otros que son de músicos como Arsenio Rodríguez o de Isaac Oviedo, pero que llegan a ellos por mi música.

Entonces, ¿considera que esté seguro el relevo sonero en Cuba?

Yo creo que sí, y sobre todo el del tres. Nunca antes tuvimos tantos buenos treseros en Cuba, y sobre todo tantos jóvenes. No te imaginas la cantidad que hay, sobre todo porque la difusión no ha sido mucha. Incluso en esas condiciones, el tres ha crecido y se ha desarrollado. Hace dos años hicimos un festival del Son en Santiago de Cuba, y Frank Fernández propuso hacer una especie de concurso de treseros, pianistas y cantantes de son. En el caso del tres hubo que dar tres primeros lugares. Había tres intérpretes que se presentaron y cada uno con su estilo era formidable. Eso da la medida del relevo que tenemos.

¿Cómo se siente al saber que la Asociación Hermanos Saíz lo ha considerado un Maestro de Juventudes?

Primero siento un honor muy grande. Sobre todo porque mi preocupación por las nuevas generaciones la han tenido otros muchos músicos. Por eso es que la música cubana se ha ido transmitiendo de una generación a otra. Yo soy testigo de los músicos a los que le debo, por eso considero que hay muchos más que se lo merecen. El hecho de que entre tantos me lo hayan dado a mí me llena de orgullo y de felicidad.

Pudiera pensarse que este premio es un alto al final del camino, que ya llegamos. ¡No! En lo personal creo que esto es un apretón de manos, una llovizna que te refresca en medio de la maratón. El trabajo del artista es una maratón que se acaba el día en que realmente no podemos dar más. Es un estímulo muy grande, pero a la vez es algo que me impulsa a seguir adelante y a replantearme todo lo hecho; y a tratar incluso de reverdecer con sonoridades y conceptos nuevos. En este caso, el Premio Maestro de Juventudes me compromete aun más con la educación de las nuevas generaciones.

(Con información de Luis Alejandro Rivera. AHS)

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