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Hubo pleno de aciertos en los pronósticos para el partido cuartofinalista de este viernes: la ambiciosa Alemania pasó como un tanque sobre el conservadurismo griego, y se plantó en la semifinal del venidero jueves a la espera del ganador entre ingleses e italianos. En una jornada donde se gastaron el alarde de suplir a sus tres titulares en ataque, los teutones monopolizaron el balón, volvieron a echar mano a innumerables argumentos ofensivos, destruyeron el muro adversario y acabaron corroborando el criterio de que están para campeones.

ALEMANIA 4 - GRECIA 2: NO DESPIERTES A UN GIGANTE DORMIDO

Cuando sonó el pitazo de apertura en Gdansk, cada equipo tiró las cartas sobre la mesa de inmediato. Grecia iba a lo de siempre: echarse atrás, tejer su telaraña y esperar por la ayuda de la suerte (o del error, que es la versión oscura de la suerte). Y Alemania, también, a lo de siempre: la verticalidad, el hambre de ofensiva, la inclemencia.

Al oírse el pitido de marras, era solo el comienzo de la tragedia griega. Tres embestidas sucesivas, tres alarmas. Se notaba que el centro de la zaga helénica era un flan, y el portero Sifakis, para males de colmos, daba absurdos rechaces inocentes.

Eso, contra Alemania, significa morir. La Mannschaft ejercía un predominio abrumador en todo el campo, y tanta fe tenía en sus fuerzas, que inclusive Khedira ensayaba florituras en los pases.

Soplaban vientos de huracán. En el minuto 16, el referee le perdonó un penal a Torosidis. Al ‘23, Ozil “tiró al muñeco” luego de una combinación que pudo llevar firma sudamericana. Al ‘24, Klose llegó tarde para rematar el pase de la muerte. Al ‘25, Reus entró por la derecha con perfil suficiente, mas su disparo sembró el caos en la tribuna.

Y eso que Joachim Low, aventurero, no alineó a su tridente habitual. Ni Podolski, ni Muller, ni Super Mario Gómez, encontraron espacio en el once inicial. En el afán de proteger a sus piezas vitales, el DT se arriesgó a ser crucificado en caso de derrota.

¿Menospreciaba Low al contrincante? Tal vez. Lo cierto es que Grecia, de por sí limitada en cuestiones de técnica, cargaba con el fardo de la ausencia de su capitán Karagounis, que no es ni por asomo una lumbrera, pero aporta en defensa, incursiona esporádicamente en ataque y le pone carácter a cada situación de los partidos.

El hándicap hacía estragos en el equipo azul. Sin embargo, la mirilla alemana pecaba de imprecisa, y el encaprichamiento en penetrar por el corazón del área desdeñaba las posibilidades de profundizar por las dos bandas.

Cerca de media hora después de la arrancada, Jerome Boateng y Phillipp Lahm recibieron instrucciones de corretear a fondo sus carriles y enviar balonazos “a la olla”, ese recurso que siempre ha sido agradecido con los Panzers.

Pero el gol no cayó por esa vía. Aunque eso sí, lo firmó Lahm. Fue al ‘39, en medio del embelesamiento de -quitando a Papadopoulos- toda Grecia. Lahm controló de pecho (”hola, Diablito”, parecieron decirle los defensas), y buscó el acomodo para su pierna diestra (”muy bien por ti, Phillipp”, le susurraron), y Lahm puso la guinda con un tiro imposible para el pobre Sifakis. Uno a cero. Alemania delante.

Alejados cien millas en cuanto a calidad, pero con diferencia mínima en el marcador, comenzaron el complementario ambas escuadras. Grecia, apurada, metió al astuto Gekas en el césped. Alemania, tranquila, bajó el ritmo de sus producciones, alternando períodos de relativa intensidad con tramos de recuperación flagrante. Y lo pagó.

Acogerse a la ley del mínimo esfuerzo condenó a los únicos tricampeones de la Euro. En una internada supersónica, el centro de Salpingidis atracó en los botines de Samaras, quien logró superar con lo justo a Manuel Neuer. Uno a uno. Sin Karagounis, Grecia había empatado. Desprovista de gente como Hatzipanagis y Tsartas, Grecia había empatado.

Otro equipo, quizás, se habría hundido. Pero Alemania es insumergible. Justo en ese momento, cuando la adversidad se cebaba en los hombres de Low, tronó el despertador que puso fin al sueño del gigante, y el gigante, furioso, puso orden.

Solo habían pasado seis minutos, y Khedira hizo el gol de su vida con una patada a lo McManaman que casi prende fuego a la cabaña. Y siete más tarde, Klose dio -como siempre- un testarazo, Sifakis -como siempre- salió en falso, y Klose -ya usted sabe- celebró. Y después, a los cinco minutos, la guillotina cercenó el cuello de Grecia con un gol de Marco Reus.

La irreverencia griega había sido sancionada con una exhibición de poderío, autoconfianza y abolengo futbolístico. Por eso, a punto de acabarse la masacre, el penalti que cobró Salpingidis apenas se abrió espacio en los libros de estadísticas. Únicamente ahí.

Alemania, sencillamente, es magistral. Y no por lo que luce, sino por lo que abusa.

(Con información de Michel Contreras. CubaDebate)