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Escribo y borro por cuarta o quinta vez aquello que intento dejar por escrito con la idea de fijar la mayor cantidad de sensaciones y conclusiones de cuantas nos llevamos a casa, este viernes 15 de junio, quienes asistimos al concierto del compositor, guitarrista, intérprete excepcional de sus propias obras que es el villaclareño Leonardo García. Hombre de trova pudiera decirse, hombre de arte de esos que nacen y se impulsan para siempre desde su propia exigencia y a partir del amor a todo y a todos que es ley de su esforzada manera de ser.

Sigo, aunque no sin miedo  a caer en el extremo a que aludía Carpentier cuando se cuidaba de “algo tan engorroso como una sarta de elogios”. Recibimos esa tarde, estructuradas en un guión que no dejó margen a esa monotonía por exceso que nos azota, frecuentemente, cuando se acumulan más de cuatro canciones de las hoy llamadas “inteligentes”. Y es que la factura musical cuenta; es que no se pueden tratar con desgano los elementos de un arte que transcurre en el tiempo, contando con el aporte mínimo que puede regalarnos una cuerda pulsada con la uña, o bien con la yema de los dedos, dejando margen para una pausa donde sea la guitarra quien hable o arrancándole al instrumento un rasgueado descendiente que no puede desmontarse de la canción porque le hace perder el sentido, en fin, es que la música cuenta en una canción, eso no puede dejarse aplastar por el peso de los mil argumentos que andan sobrevolando como sillas voladoras amenazando con romper el equilibrio en la correlación letra-música.

Todo lo contrario se evidenció en este empeño por proyectar una imagen justa del quehacer del compositor. Tarea en la que nos vimos involucrados quienes seguimos con atención cada una de las puestas de las canciones que vinimos buscando o nos dejamos bañar por el agua fresca de las nuevas producciones. Conmovedora, más allá de los valores que sus respectivas presencias aportaron al esplendor de la idea, resultó la muestra de solidaridad y buen arte que ofrecieron  jóvenes músicos de la talla de El fino en el bajo, Yaroldy en la percusión, Juan Manuel Campos en el violín  David en las percusiones. La voz y el temperamento del imprescindible Inti Santana o Frank Delgado, sumados al conjunto de manera nada gratuita sino a partir de lo que ellos todos han representado en la esforzada tarea del compositor por acercar las joyas nacidas en “el terruño” a sensibilidades geográficamente distantes aunque, espiritualmente, ávidas de recibir su legado.

En fin, que aplaudo, como lo hicimos todos, las excelencias de ese recuento ameno, variado, que dejó bien claros los contornos de una obra lista para hacerse sonar, para proclamarse ahora y desde aquí, enraizada, incuestionablemente, en los valores de la Nueva trova y asentada, de una vez, delante del árbol de la vida que no se confunde cuando decide mostrar todo lo que tienen de resplandecientes sus nuevos frutos.

Almendares, 17 de junio de 2012

(Con información de Marta Valdés. CubaDebate)