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La sede del Grupo Teatro Escambray, en el municipio villaclareño de Manicaragua, retoma su esplendor en función del arte.

Por Ricardo R. González

Foto: Carolina Vilches Monzón

«El tiempo, el implacable, el que pasó» dejó sus huellas y cercenó, sobremanera, los parajes de La Macagua, ese punto manicaragüense que, desde el 6 de noviembre de 1968, acogió los sueños de un grupo de orfebres que abandonaron La Habana, sus populosas escenas y el camerino suntuoso, para adentrarse en el campo e iniciar una aventura teatral entre montañas.

Pudiera hablarse de Sergio Corrieri, de su madre Gilda Hernández, de Raúl Pomares, y de muchos más. De actores de primera línea engendrantes del Grupo Teatro Escambray (GTE) en aquella etapa matizada por la indiferencia de algunos directivos ante la necesidad de valorar al arte como sustento indispensable de la sociedad.

El campamento de La Macagua le dio la bienvenida, y los invitó a crear. Allí comenzaron a labrarse ideas, cristalizó un laboratorio teatral, asumieron la escena de quilates, llegaron premios y reconocimientos sin medida, hasta que la luz fue apagándose, involuntariamente, pero poco a poco.

El comején y otras «neoplasias» comenzaron sus estragos hasta que La Macagua palideció, y el escenario quedó casi en silencio.

Hace más de un año el ajetreo constructivo insufló de vida al paraje. La Agrupación 07 de Mantenimiento Constructivo de Manicaragua, junto a otras entidades y organismos, asumió el reto de transformar lo que podía ser cambiado a fin de devolverle su historia por los buenos caminos del arte.

Ya desde allí se respira. Unos 104 mil 600 pesos en divisa y otros 600 mil en moneda nacional demandó la restauración capital de un patrimonio de la cultura nacional para preservar esperanzas.

Como expresara su actual director y dramaturgo Rafael González Rodríguez: «No se han salvado solo paredes  y techos, persianas y mobiliario, aceras y áreas verdes. Se ha salvado una parte importante de la historia del teatro de la Revolución».

Así fue. La Macagua vuelve a empinarse entre las montañas del Escambray villaclareño, entre el trepidar de los actores, la inquietud de las musas desveladas, y el reencuentro con un público que premia o no con el aplauso.

El penúltimo día del pasado año trajo la fiesta porque constructores, artistas, y trabajadores salvaron al arte para que nunca muera ese don fabuloso de la escena.