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Por Ricardo R. González

Foto: Cortesía de la familia de Ángel Tomás Rodríguez

Marlene González Árias, aeromoza de nuestra aerolínea bandera, cumpliría años dos días después del sabotaje al avión en Barbados. Su esposo Ángel Tomás Rodríguez Valdés, copiloto a quien no le correspondía tripular aquel vuelo, quiso compartir la fatídica travesía sin pensar que sería la última en sus vidas. 

Miércoles 6 de octubre de 1976. El mediodía raja en la pista del aeródromo barbadense de Seawell. Aeronaves de la Pan Americam, Bristish Airways y American Airlines coquetean por las carrilleras de entradas o salidas. Por una de ellas se desliza un DC 8-43, matrícula CUT 1201, arrendado por Cubana de Aviación. Todo transcurre sin contratiempos. Las 12:00 m separan el horario del minutero por un mínimo espacio. El pájaro metálico despega y logra un ascenso suave y rápido. Enrrumba hacia Kingston, próxima escala del vuelo 455.

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El calor reina en el poblado villaclareño de Ranchuelo. Adalberto Rodríguez Valdés realiza sus actividades cotidianas propias de la hora en el hogar de la calle Calixto García, entre Máximo Gómez y Camilo Cienfuegos.

A lo mejor recuerda que en los venideros dos días su cuñada, Marlene González Árias, aeromoza de nuestra aerolínea bandera, estará de cumpleaños. Piensa en hacerle una llamada para felicitarla, en el deseo de verla y, también, a su hermano Ángel Tomás, pero la cotidianidad le hace retornar a sus tareas.

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La nave brilla sobre el cielo. La playa Paradise está a la vista. Varios turistas y lugareños disfrutan de las delicias caribeñas. Allá, en el aire, setenta y tres pasajeros, ríen y conversan en tres lenguas diferentes. Hay coreanos, guyaneses y compatriotas, entre estos, la delegación del equipo juvenil de esgrima con la satisfacción de traer a casa las preseas doradas ganadas en un importante tope.

Diez millas hay recorridas cuando la normalidad se quiebra. Son las 12:23 de aquel mediodía. En la torre de control invade el grito de ¡Cuidado!

La pantalla del radar evidencia un giro brusco hacia la derecha. De pronto, se escucha un ¡Seawell!, ¡Seawell!... CU 455!

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No existen presagios. Adalberto Rodríguez Valdés disfruta de su mediodía casero, al igual que su hermana Edith —Adita para familiares y amigos— o Angelina y Gerardo, los progenitores de su otro hijo: Ángel Tomás Rodríguez Valdés, el ranchuelero de sólo 36 años, que, ocupa el asiento de copiloto en esa nave de Cubana en vuelo sobre Paradise.

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«CU 455... Seawell... ¡Tenemos una explosión y estamos descendiendo inmediatamente. Tenemos fuego a bordo…».

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Existía la orden de informar a la torre una vez llegados a los 18 mil pies de altura. Tenían entonces una altitud menor porque aun no lo habían reportado al punto de control. A Tomasito no le correspondía volar ese día, pero al estar próximo el onomástico de su esposa le había pedido a su coterráneo y amigo Wilfredo Pérez Pérez, comandante del avión, que lo admitiera en la tripulación. En la casa de la calle Calixto García aun existe calma.

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Algo inusual se aprecia en el cielo entre las 12.23 y 12:27 p.m. La incertidumbre colma a los bañistas en la Paradise. Aparece humo desde un compartimento cercano al tercer motor de una aeronave. El tren de aterrizaje está fuera. El aeropuerto mantiene emergencia total. Un segundo estruendo hace que el piloto pierda el control. Gira el timón hacia un lado a fin de evitar que el aparato, repleto de combustible y envuelto en llamas, propiciara una desgracia mayor al impactarse sobre la playa. La aeronave está herida. Los trazos del CUT 1201 se pierden definitivamente del radar de Seawell.

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En Boyeros avanza la tarde. Prima la angustia. La pizarra de aeropuerto refleja la cancelación definitiva de un avión sin regreso. Dan a conocer el desenlace. Algo terrible. El vuelo Barbados-Kingston-La Habana se estrelló en las costas de Barbados a las 12:30 de este mediodía interminable.

Cuba entera, y también Ranchuelo, conocen la noticia. Luto y rabia compartidos. Luis Posada Carriles, Orlando Bosh, Hernán Ricardo y Freddy Lugo admiten su culpabilidad. Desde entonces para las familias de Ángel Tomás, de Wilfredo Pérez y de Carlos Conquero, los tres villaclareños desaparecidos en el crimen existe la añoranza, el desconsuelo, la espera por el acto de justicia.

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Cubana, este es Criwest 650 ¿Les podemos ayudar en algo? La interrogante se repite tres veces... Silencio total como respuesta.

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Aquel joven jaranero no entraría más por la puerta del hogar ranchuelero. El mismo que desde pequeño soñó conquistar las alturas con el mando de una aeronave. El que se incorporó al Ejército Rebelde desde muy temprano y marchó junto a Wilfredo a la entonces Unión Soviética a fin de consumar sus aspiraciones.

Así pasó la infancia, empinando aquel avioncito de aluminio para sentirse emperador del espacio. Sueños compartidos con Angelina y Gerardo, los queridos padres que ya tampoco están por cuenta del destino y marcharon sin ver el rumbo de la balanza justiciera. Adita sigue en pie, y también Adalberto, aunque una afección posterior al siniestro de Barbados le impide el habla.

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«Eso es peor. Pégate al agua Fello, pégate al agua».

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Son las últimas palabras recogidas en la cinta de la torre de control seawelliana. Es la voz de Ángel Tomás. A 35 años del suceso la grabación estremece a los suyos y a quienes obran con el bien por el mundo. No pudieron celebrar el cumpleaños de Marlene dos días después ni el tiempo les permitió disfrutar de las bondades de esos «locos bajitos» de los que habló Serrat. De quienes llegan como hijos para verlos empinar con el tiempo.

Adalberto no puede hablar, mas con su trazo en el papel plasmó el recuerdo que posee de su hermano: «Muy inquieto, estudioso, revolucionario, y con mucho amor por sus padres y por su carrera.»

Es cierto Adalberto, Tomasito no está, pero cumplió su anhelo de conquistar el cielo. Seawell constituye el triste recuerdo, y Paradise, el sitio donde 73 inocentes penetraron en las profundidades eternas de un Olimpo de gloria. Hienas sin treguas así lo predestinaron. El CU 455 trató de pegarse al agua, mas resultó imposible.

El tiempo no cura la herida, lo sabemos Adalberto, pero esté seguro que donde sí permanecen sus héroes es en el torrente infinito que invade el alma.