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En el mundo de motores y agregados eléctricos tienen su espacio los 36 trabajadores del Taller Héctor Rodríguez, perteneciente al MINAZ. Un centro donde la clave del éxito estriba en compartir la buenaventura de la sabiduría.

Por Ricardo R. González

Fotos: Manuel de Feria

Uno de los implementos destinados a radiaciones oncológicas en el hospital universitario Celestino Hernández Robau, de Santa Clara, dijo «hasta aquí», y colapsó en meses atrás. Algunos pensaron en un receso pasajero, mas el tiempo fue pasando, y la incertidumbre hizo mella en quienes necesitan la terapéutica para prolongar las justas esperanzas de vida.

En medio de las incógnitas y la espera, una mente prodigiosa se alumbró y pensó en el Taller Héctor Rodríguez, ubicado en la localidad villaclareña de Sitiecito, como posible solución al complejo crucigrama. El dispositivo viajó hasta allí. Recuerdan los especialistas Roberto Fernández Pérez y Osvaldo Moya Reyes que estaban frente a una tecnología obsoleta. Incluso hubo dudas, y tuvieron que valorarla de manera colectiva a fin de sacar conclusiones.

«El equipo había tenido otros enrollados. El alambre se partía porque estaba muy quemado, y nos propusimos realizar un trabajo similar al original. Estuvimos probando cada paso, y las respuestas avanzaban. En solo tres días logramos el objetivo en lo que puede considerarse un tiempo récord», puntualizan los expertos quienes manifiestan la seguridad de hacerlo en un lapso menor si hay necesidad de trabajarlo en otra ocasión.

SECRETOS COMPARTIDOS

Un pasillo central conduce a las diferentes secciones en la amplia nave. Resalta la limpieza y su perfecta organización. Motores de todo tipo y tamaños, accesorios, y componentes eléctricos ocupan los estantes de la única entidad de su tipo, perteneciente al Ministerio del Azúcar, existente en la región central, y que tiene entre sus encomiendas el enrollado de motores y transformadores eléctricos para el MINAZ y otras empresas, sin descartar la reparación agregados destinados a la maquinaria agrícola y el transporte.

Aunque su rol fundamental concierne a los perfiles azucareros, hay sectores con prioridad absoluta, según reafirma Remigio Pérez Molina, un hombre que inició en el centro como jefe de producción, y suma ya siete años al frente del colectivo.

«Si tenemos resultados se lo debemos a los métodos utilizados para enfrentar cada jornada. Escuchar mucho a los trabajadores, y tener muy en cuenta las particularidades de cada obrero. Hay que preocuparse porque tengan agua fría hasta los pormenores de una alimentación en la medida de las posibilidades, y hacerlos partícipe de las decisiones con valoraciones colectivas.»

Una máxima prevalece en el sitio: no dejar para el siguiente día lo que tiene solución en el anterior. «Es lógico, la industria azucarera no puede detenerse a expensas del Taller. Desde que llega un dispositivo se fija un plazo, y ya deviene compromiso, sustenta Pérez Molina.

— Hay equipos y equipos ¿Qué hacen en estos casos?

— Los más experimentados comparten sus conocimientos, y todo sale. Para eso realizamos el debate técnico de cada componente, como hicimos con el motor del hospital Celestino Hernández Robau. Los técnicos revisaron documentación, confrontaron hipótesis, y comprobaron, paso a paso, la efectividad del trabajo.

De sus 36 trabajadores, solo seis son mujeres. Una relación que al decir de Mayra León Pérez, técnica de Gestión Económica, y Marta Ribalta Ribalta, especialista principal en detalles productivos, es mantenida sobre la base del respeto con quienes comparten el galardón de Vanguardia Nacional por 11 años consecutivos, entre otros pabellones que exhiben en su rinconcito de historia.

Aportes al Programa Materno Infantil (PAMI), a la remodelación del entorno como la brindada al parquecito de la localidad, a las labores de recuperación cañera, o a la construcción de viviendas en Sagua la Grande figuran entre las contribuciones sociales de hombres y mujeres que conviven bajo el mismo techo desde las 7:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde, siempre que no existan contingencias especiales, de lo contrario… no hay horarios. 

Bajo esta disciplina asumen las prácticas preprofesionales y de adiestramiento de estudiantes familiarizados con el oficio que necesitan los conocimientos de los más experimentados. Alberto Bartolomé Casanova Alfonso es un ejemplo. Desde 1961 está envuelto en las faenas, y no se cansa de encontrarle muchos secretos a los motores. Esos descubrimientos son compartidos porque piensa que el conocimiento no constituye un patrimonio personal.

Ello ha propiciado motivaciones, a tal punto que muchos de quienes integran la nómina laboral en la actualidad realizaron esas jornadas de práctica en décadas anteriores.

Bien lo sabe Deyvis Rodríguez Rodríguez, un operador de maquinado que ocupa la sección sindical en una instalación que estimula tanto en moneda nacional como en divisa según los resultados productivos, aunque tampoco obvian diversas modalidades que hacen de los estímulos morales otra recompensa al mérito.

Por estas cuerdas transita el Taller Héctor Rodríguez que, entre tesón e intelecto, encuentra las eurekas de Sitiecito.