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Madre, una flor

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Clara Herrera Hernández es la única villaclareña que, en este mayo, recibió la Orden Lázaro Peña de primer grado. Una mujer partidaria de las acciones y no tanto de palabras. Un ser humano pleno de virtudes.

Su estatura no compagina con la grandeza de su obra. Cinco décadas de ejercicio laboral afiliadas al Comercio, y todas en idéntico centro situado en el bulevar santaclareño.

Por Ricardo R. González 

Foto: Ramón Barreras Valdés

Cubavisión internacional le produjo a Nelson Brito Herrera un sobresalto inusual. Está en México desde hace dos meses en cumplimiento de misiones laborales. De pronto el rostro de Clara Herrera Hernández apareció ante su vista en la pantalla del televisor. No era un sueño, y una expresión de alegría le hizo gritar: «!C… esa es mi mamá!».

En efecto, la cámara mostraba el instante en que ella aparece con la Orden Lázaro Peña de primer grado, en el Palacio de la Revolución de la capital cubana.

La única villaclareña condecorada en esta oportunidad, y quien recibiera la llamada de su hijo al ver la noticia. Días antes, Clara atendía el mostrador en la tienda Variedades Ultra cuando también saltó de alegría.

«Era de La Habana para informarme que había sido merecedora de la condecoración.»

— En estos casos casi siempre se ofrece la misma respuesta, esa de que no la esperaban…

— En realidad ya poseía la de segundo y tercer grados. Cada dos años y medio realizan una evaluación, mas soy una mujer de acción, prefiero pasar inadvertida. Soy, simplemente, alguien que ama a su país y trata de aportarle.

— Entre la agricultura y usted existe una especie de complicidad ¿Hasta qué punto es cierto?

— Me gusta el campo, lo llevo desde pequeña porque soy guajira. Después del Primero de Enero recogí algodón en la Carretera de Malezas. Luego vendría el café, el tomate, la caña, la papa, en fin…

Entonces, sabe muy bien de sol, de lluvias, de sed.

— A todo me he enfrentado. Los surcos tienen sus secretos, cada cultivo muestra sus mañas que hay que saberlas encontrar, y no creo que en el campo uno trabajo sea más duro que otro.

— Cinco años en el contingente Las Marianas.

— ¿Cómo lo sabes?... A partir de 1996. Fue una etapa linda. Todavía conservo aquel cancionero ideado por nuestra compañera Sara Claro. Laboramos muy fuerte, y hacíamos diversas actividades.

— ¿Se puso a prueba la confrontación hombre-mujer?

— Yo guataqueaba, y quedó demostrada la capacidad femenina. Del campo las conozco casi todas, pero he visto a hombres que se han «rajado.»

— ¿No estará sobredimensionada esa imagen, es decir las Doña Bárbara vs los Juan Primitos?

— Mis vivencias son reales. Yo no pretendo decir que las mujeres somos lo máximo. Todo en nuestro lugar, en ese que nos corresponde.

— Y entre el mostrador y el surco ¿cuál escoge?

— Déjame con el segundo. En verdad, cuando regresé a la tienda extrañaba el campo.

Cuqui tuvo a su hijo Nelson en abril de 1962. Tres años después llegó Alexis, y entre ellos le han propiciado el orgullo de ser madre, abuela de cinco nietos, a los que se suma ya una biznieta de dos años. Siempre quiso varones en su descendencia, en medio de una maternidad cargada de esfuerzos.

Cuando aquello vivía muy próximo a El Bosque, y en una bicicleta trasladaba a los pequeños hasta el círculo infantil inaugurado en la Vigía.

Era el primero habilitado en la urbe. Pasó mucho trabajo para no llegar tarde a nada.

«En aquel momento los círculos abrían desde las 5:00 de la mañana en función de las madres que marchaban a la agricultura. Mis hijos pasaban la mayoría del tiempo allí. A veces hasta entrada la noche, pero me sentía segura.»

— Su curriculum le ha permitido numerosas distinciones y reconocimientos. ¿Es usted de quienes las busca?

— Mi máxima es trabajar. No ando viendo cuáles me faltan y cómo obtenerlas. Me parece algo impropio, falso. Yo no lo hago.

— Hay veces que Comercio experimenta períodos de escasas ventas ¿qué hace Clara Herrera?

— Muchas iniciativas. No me cruzo de manos El colectivo sale de las paredes de la tienda. Vamos a las ferias del Sandino, a veces por los parques, centros de trabajo, u otros lugares. Siempre se hace algo, y nos convertimos en promotores que hacen gestión de venta.

—¿Cómo es un día en su vida?

— Le harían falta más horas. Me levanto cuando los gallos cantan. A las 4:00 de la madrugada. Dejo muchas cosas preparadas antes de marchar para la tienda. Barro, lavo, voy a la placita, reviso algún acuerdo del núcleo del Partido…

— ¿Pos tienda?

— Regreso a casa sobre las 6:00 de la tarde. Voy para la meseta a los trajines de la comida, y a enfrentar las faenas propias.

— Sin embargo, hay un matrimonio desde 1961

— Con Arnoldo Brito Martínez, el padre de mis hijos. Nos llevamos muy bien. Él comprende mis obligaciones y compartimos encomiendas. Ha cumplido misiones, y sabe que también me tocan a mi, y todas mis cuñadas conocen muy bien lo que es el sacrificio.

— ¿Es cierto que resulta una excelente repostera?

— Parece tengo buena sazón. Al menos he participado en eventos culinarios, y han llegado premios. Sobre todo en platos a base de aguacates y tomates rellenos cuyas recetas aprendí en Las Marianas.

— Y los domingos ¿en casa?

— Casi siempre. Recojo a uno de mis nietos y los traigo para acá. Así se manera rotativa los tengo conmigo, les converso, y voy creando los necesarios valores.

Militante del Partido desde la década de los 70, al frente del bloque 182 de la FMC, y presidenta del CDR número 6 Chiqui Gómez , de la zona 200, esta mujer declara que los momentos más tristes de su vida lo marcan la pérdida de sus padres.

Nieta de un veterano de la Guerra de Independencia, con la estirpe de Mariana Grajales por dentro, no le acompleja decir que suma 68 calendarios acompañados de una salud de acero, sin que conozca aun ni el dolor de los callos.

Amante de un buen bolero al estilo de Tejedor o Lino Borges. Partidaria de la música de la Década Prodigiosa, nada amiga del regaetón ni de los tatuajes, temerosa del mar a pesar de que sus dos hijos lo abrazan como profesor de polo acuático y buzo, respectivamente, solo pide a la vida las fuerzas necesarias para ver mucho más del mundo por venir.

Y si bien solo le hace falta la tacita de café al despertar, no ha podido dominar ese vicio que la lleva a consumir media cajetilla de cigarrillos diaria.

— Jubilación ¿la conoce?

— Solo de palabras. Estoy vieja por fuera, pero fuerte y joven por dentro. Creo puedo esperar un poco más ¿No crees?    

Así, Clara Herrera Hernández espera la alborada del mañana, caminando entre los tantos que irrigan a la ciudad. La mujer que, dentro de unas horas, escuchará en voz de su hijo Alexis, y de todos los suyos, un merecido: madre, una flor, aunque Nelson siga en México, y trate de verla nuevamente en televisión.    

Orden Lázaro Peña

— Se otorga a trabajadores cubanos y extranjeros por extraordinarios méritos laborales, por importantes aportes realizados a la economía nacional, o por una correcta y sostenida actitud ante el trabajo en la industria, la agricultura, los servicios, la administración, la construcción, el transporte, las ciencias, las artes, la cultura o la técnica.

—También es conferida a empresas, unidades económicas, y a colectivos de trabajadores cubanos y extranjeros, por idénticos motivos.

— Incluye a quienes durante su estancia en Cuba o desde sus países respectivos contribuyan al perfeccionamiento y desarrollo económico, científico y cultural de nuestro país.

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