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Entre Las Brisas y El Mamey de un poblado llamado Miller

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«Mejorar la atención constituía el eslabón primordial», afirma Rolando López Loro, el administrador del complejo gastronómico de Miller.

Por Ricardo R. González

Foto Liván Montiel Campos

A diario María Cárdenas, Lázaro Cáceres y Domingo Madero recorren casi los 2 km que separan sus respectivos hogares del Complejo Gastronómico El Mamey, unidad insigne del poblado de Miller. Ellos forman parte de los 19 acogidos al Sistema de Atención a la Familia (SAF), o programa destinado a garantizar la alimentación a personas necesitadas.

Años atrás la entrega de los comestibles se realizaba por el frente del merendero, pero su inquieto administrador, Rolando López Loro (Roly), quiso borrar esa imagen, y cavilaba en torno a aquel espacio inutilizado existente en las proximidades del establecimiento.

La idea iba y venía. ¿Qué hacer para darle utilidad a un segmento inanimado? Hasta que decidió compartirla con los restantes trabajadores y los líderes comunitarios. Su proyecto era construir una especie de caney que viabilizara la actividad del SAF, sin apartarlo de otras bonanzas poblacionales.

Poco a poco empezaron. Aquel montecito improductivo adquirió forma con el empleo de horas voluntarias entre los 17 trabajadores que sumaron el apoyo de los vecinos, de la Forestal y de la Empresa de Comercio y Gastronomía.

Las sesiones se prolongaron durante casi un año. Preferían algo pintoresco y hecho con ganas ante chapucerías de las que quedan en el camino.

«Mejorar la atención constituía el eslabón primordial. Que estos comensales pudieran sentarse a la mesa si lo deseaban para degustar la oferta, y un día dejamos de soñar, y el cuento —que no tenía nada de cuento— se hizo realidad.», sentencia el administrador.

Desde entonces, el caney abre a las 11:00 de la mañana hasta la 1:30 de la tarde para satisfacer dicha modalidad. Algo peculiar lo caracteriza, pues concluido ese horario no cierra. Todo lo contrario, prosigue el servicio para el resto de la población con menú criollo.

Pollo frito, congrí, ensaladas, vianda frita, pizzas, espaguetis, refrescos, cervezas y otros productos permanecen en la cartelera hasta las 9:30 de la noche en espera de los avatares del nuevo día.

Pero la cafetería entra en funciones apenas con los cantíos de los gallos. Ya a las 6:00 de la mañana recibe a sus primeros visitantes cuando aun ni el sol muestra sus indicios de asomar. Aquí la jornada se prolongará hasta las 9:00 de la noche, y con solo cruzar la Carretera Central, Banda a Placetas, encontrará el círculo social Las Brisas que complementa el Complejo.

«Los primeros sábados de cada mes llega una disco móvil apoyada por la Sectorial de Cultura, y ese día aplicamos diversas modalidades recreativas hasta las 2:00 de la madrugada. El resto de los fines de semana brindamos ofertas a tenor de las disponibilidades», sentencia Roly.

De todo este periplo hay una conclusión. Pudieran existir limitantes, pero no falta el llamado plato fuerte para los acogidos al SAF, y en esto también se inserta la cultura del detalle. No siempre los recipientes de las personas llegan con óptima higiene para trasladar las raciones de almuerzo y comida.

Entonces, los propios trabajadores, sin pensarlo dos veces, proceden a su fregado a fin de evitar las nefastas intoxicaciones alimentarias.

No tienen que hacerlo, pero proceden. Servir con calidad y complacencia resulta la mayor divisa de quienes, desde Las Brisas o El Mamey, pintan la vida con la acuarela del arco iris.

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