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En el escenario de la tragedia

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Por Mary Luz Borrego (Periódico Escambray)

Testimonios de vecinos del batey espirituano de Vanguardia, cerca del lugar donde cayó el avión en la noche del jueves.

El batey de Vanguardia permanece sobrecogido por la tragedia. Desde el primer minuto, los guajiros serviciales de esa comarca salieron corriendo, sin detenerse por las espinas del marabuzal, para tratar de ayudar, para salvar a alguien, pero no pudieron. Después de la caída del avión, de la tremenda explosión y de las llamas que parecían buscar el cielo ya no quedaba nada, sólo ese terrible olor de la carne chamuscada y el estremecimiento de la muerte.

En la comunidad, a apenas 2 kilómetros del lugar exacto donde cayó el avión con 68 pasajeros a bordo la noche del jueves, no se habla de otra cosa. Vecinos de Guasimal, Paredes, Mayábuna y un poco más allá llegaron también para intentar socorrer a las víctimas. El viernes, todos andaban en la calle, en los portales, entrecruzados con los corresponsales de la prensa extranjera, con las autoridades de la provincia y del país que han llegado al lugar. Los testimonios se cruzan: por momentos se contradicen, por momentos coinciden, como sucede siempre entre los testigos de una gran tragedia.

“Yo estaba echándole comida al caballo en esa plazoleta y sentí un ruido gordo, duro, pero miré al cielo y no veía nada porque había unas nubes. Luego lo vi, estaba plano, dio como tres vueltas, parecía que iba a caer aquí, pero empezó a dar tumbos, como un borracho, y a bajar rápidamente y se fue pegando al suelo hasta que sentí la explosión. Todo estaba en calma, no había viento, ni el molino se movía. Me encaramé en un tanque y miré que todo se encendió, sabía que allí no podía haber sobrevivientes. Entró mucha gente, pero no podían hacer nada, eso fue grimoso”, contó a Escambray José Marín, vecino del lugar.

Por su parte, Lisvanys Pérez recuerda que estaba recogiendo el ganado como a las cinco y media de la tarde y cuando escuchó la explosión cogió el caballo y salió rompiendo marabú por el trillo: “Nunca había visto una candela tan grande, llamas amarillo fuerte y después todo se ponía blanco, como si fuera de día. Se sentía el olor de la carne quemada, pero no vi ningún cadáver, sólo una maleta, con el carné del pasajero, su perfume. Regresé como a las doce de la noche y eso seguía lleno de gente”.

Los primeros que se acercaron al avión cuentan que después de la explosión grande se sentían otras más pequeñas y no pocos regresaron porque desconocían la procedencia y la carga de la nave. En medio de la oscuridad de la noche se abrían paso entre el marabú con los machetes y el instinto.

“Fuimos para tratar de salvar a alguien, pero aquello estaba explotando, era una bola de candela que se veía a kilómetros de distancia. No escuché nada, ni gritar a nadie”, relata Jorge Luis Rosendo.

Dicen que enseguida Eneida Sánchez llamó por el teléfono público para avisar del accidente, al igual que una maestra del batey y alguien que traía un celular. No pocos salieron corriendo creyendo que la nave iba a caer sobre el poblado. Orlando, el taxista, sacó rápido su carro por si hacía falta trasladar a alguien.

Una de las pocas mujeres que entraron hasta el lugar del siniestro y que como tantos de sus coterráneos ayudó a las autoridades a llegar por los atajos, Mirelda Borroto, muestra los rasguños de su piel por las espinas: “Vimos un pedazo de lata volar, aunque el avión nunca se encendió en el aire. Dicen que al principio se sentían gritos, tuve miedo a las explosiones y regresé”.

El joven Oisnel Sánchez, visiblemente conmovido, cuenta: “Llegamos oscureciendo, sólo vi un cinturón de seguridad. No podíamos hacer nada. Se comenta que los primeros en llegar sintieron un quejido, después todo explotó y no se escuchó nada más”.

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